Orán
Orán es la segunda ciudad de Argelia y la más mediterránea: un puerto en una bahía ancha, fundado por mercaderes andalusíes en 903, en manos de España casi tres siglos y reconstruido por Francia con los bulevares y las fachadas belle époque del Front de Mer que miran el puerto desde un acantilado. Sobre todo eso, en el monte Murdjadjo, el fuerte español de Santa Cruz de 1577 y la capilla construida a su lado tras el cólera de 1849 dominan toda la bahía; abajo, la plaza del 1.º de Noviembre tiene el teatro de 1907, el ayuntamiento custodiado por dos leones de bronce y la catedral del Sagrado Corazón, hoy biblioteca; al oeste, Sidi El Houari es la ciudad vieja de los españoles y de los beyes otomanos — la mezquita del Pachá de 1796, la Puerta de España, el palacio del bey, los callejones que bajan al puerto. Orán es donde nació el raï, en los cabarets y en los salones de boda, y la ciudad de Cheb Khaled; Camus puso aquí La peste; y el minarete de la Gran Mezquita de 2015 se alza ciento cuatro metros sobre los barrios del este.
El viajero camina el Front de Mer al atardecer, cuando se encienden las luces del puerto y salen las familias, y toma una mesa en un café frente al mar; sube a Santa Cruz — en el teleférico cuando funciona, o en taxi hasta arriba — por el fuerte, la capilla y la bahía desde Mers el-Kébir hasta la punta este; camina la plaza del 1.º de Noviembre y las calles de alrededor por el teatro, los leones y la catedral-biblioteca; baja por Sidi El Houari con alguien que lo conozca, por la mezquita, la puerta y las viejas piedras españolas; come karantika en un cono de papel y sardinas a la parrilla junto al puerto; encuentra el raï, en un cabaret de Medina Jdida o en un concierto si la temporada tiene uno; y, en verano, se une a la ciudad en las playas de Aïn El Turck y Les Andalouses, media hora al oeste.
La honestidad de la Guía: Argelia pide una visa tramitada con anticipación y da, a cambio, un país casi sin turistas — Orán es fácil, cálida y curiosa con los visitantes, y al viajero que hable algo de francés lo adoptan; la ciudad es segura de día y animada de noche en las calles principales, y Sidi El Houari es mejor con un local al lado; el raï es real y pasa tarde, en lugares que un conserje de hotel quizá no recomiende — pregúntele a un oranés joven —; el ferry desde Alicante la hace la ciudad argelina más cercana a Europa, y el aeropuerto está bien servido; las playas del oeste son el verano de la ciudad y están llenas en agosto; y los fuertes españoles, los bulevares franceses y el presente argelino se apilan aquí uno sobre otro sin pedir disculpas, que es la razón para venir.