Cotonú
Cotonú corre sobre doscientos cincuenta mil zemidjans de camisa amarilla y un mercado del tamaño de un distrito: Dantokpa, veinte hectáreas donde todo lo de Benín cambia de manos tarde o temprano. Pero la maravilla de la ciudad flota al norte, en el lago Nokoué — Ganvié, donde el pueblo tofinu construyó un pueblo sobre zancos hace cuatro siglos porque el código de los cazadores de esclavos prohibía pelear sobre el agua: el lago era santuario, y el refugio se volvió una forma de vida que treinta mil personas todavía viven, yendo al trabajo en piragua.
El viajero sensato le da a Dantokpa una mañana y su atención completa; visita la catedral de rayas rojas y blancas y el centro artesanal por el bronce; recorre en piragua las calles de agua de Ganvié con un botero local, comprando en el mercado flotante en vez de fotografiarlo como vitrina; y hace la peregrinación de una hora a Ouidah, donde la Puerta sin Retorno mira al océano y el templo de las pitones mira a la basílica — la historia de Benín, sagrada y terrible, guardada con honestidad en un solo pueblo.
La honestidad de la Guía: los zems son el torrente sanguíneo de la ciudad y su casco es asunto suyo — trayectos cortos o un carro —; Dantokpa merece la misma disciplina de bolsillos que cualquier gran mercado; el Día del Vodún en enero es el festival de verdad — Ouidah se llena de ceremonia y la Guía recomienda planear alrededor, con respeto; la e-visa es misericordiosamente simple; y la economía de Ganvié hoy también es el turismo — pague bien al botero y compre algo. Los santuarios conservan su dignidad cuando los visitantes cargan la suya.