Ouidah
Ouidah es una ciudad de dos memorias en la costa de Benín, cuarenta kilómetros al oeste de Cotonou: es la capital del vudú, la religión que África Occidental le dio a Haití, a Cuba y a Bahía — con un Templo de las Pitones que mira a la basílica católica al otro lado de la plaza, un Bosque Sagrado donde los espíritus de los reyes viven entre estatuas de bronce, y una fiesta el diez de enero que llena la playa de tambores —, y es una ciudad de la trata, desde la que se embarcó a más de un millón de personas: el fuerte portugués de 1721, hoy museo de la ciudad; la plaza donde se hacían las subastas bajo la mirada del comerciante brasileño al que llamaban Chachá; y la Ruta de los Esclavos, cuatro kilómetros de carretera roja que corre desde la plaza, pasando el Árbol del Olvido y el Árbol del Retorno y el memorial de Zomachi, cruzando la laguna hasta la playa, donde un arco llamado la Puerta del No Retorno está abierto al Atlántico desde 1995. Los agudas — descendientes de esclavos liberados que volvieron de Brasil — le dieron su Casa do Brasil, sus iglesias y sus apellidos; una fundación de arte contemporáneo ha tomado una villa en medio de todo.
El viajero viene de Cotonou por el día, o duerme una noche en una de las casas viejas vueltas casas de huéspedes, y empieza por el fuerte y su museo, por la historia contada en un solo lugar; cruza al Templo de las Pitones — las serpientes las manejan los sacerdotes y se las ponen, si uno quiere, sobre los hombros — y a la basílica de enfrente; camina los callejones de las casas de los agudas hasta el Bosque Sagrado, y se para bajo el iroko del rey Kpassè con el guardián; y después, a pie o en la parte de atrás de un zem, sigue la Ruta de los Esclavos hacia el sur — la plaza, los árboles, el memorial, la laguna, los pescadores — hasta la playa y la Puerta, y se queda hasta que el sol entra en el mar. El diez de enero lo hace todo entre la multitud, con los tambores.
La honestidad de la Guía: Ouidah pide dos clases de respeto a la vez — el vudú es una religión viva, no un espectáculo, y el viajero entra a sus templos y a su bosque con guía, con permiso y con las pequeñas tarifas que los mantienen; la Ruta es un camino de memoria, y el viajero lo camina como tal, en silencio, y no posa en la Puerta; las pitones son mansas y los sacerdotes están acostumbrados a los visitantes — la decisión de sostener una es suya; la fiesta del diez de enero es extraordinaria y está llena, y las camas de Ouidah se van con meses de anticipación — duerma en Cotonou si hace falta; la ciudad es segura, caliente y lenta, y los zems son la manera de moverse; la playa no es para nadar, la corriente es feroz; y las dos memorias de la ciudad son una sola memoria — el viajero que siente los tambores y el silencio en la misma tarde ha entendido Ouidah.