Gitega
Gitega es la capital política de Burundi — desde 2019, cuando el gobierno subió desde Buyumbura a las colinas donde los reyes siempre se habían sentado — y su segunda ciudad: un pueblo de ciento treinta mil a mil setecientos metros en el centro del país, fresco, verde y lento, donde el mwami tuvo su corte hasta 1966, los alemanes construyeron un boma en 1912 y los belgas una residencia, y donde el Museo Nacional, el más grande del país, guarda los tambores reales, las lanzas y la memoria de la corte en un edificio colonial bajo de 1955. Los tambores son la razón para venir: a siete kilómetros al norte, en la colina de Gishora, el santuario de los tamborileros reales guarda los tambores sagrados y las familias que los tocan, y la danza ritual del tambor real — los tamborileros llevando los tambores sobre la cabeza, y después saltando frente a ellos — está en la lista de la Unesco desde 2014. Más allá del pueblo se despliegan las pocas vistas del país: el parque nacional del Ruvubu a una hora al noreste, las cascadas de la Karera en Rutana al sureste, y en Rutovu, al sur, la pequeña pirámide levantada en 1934 sobre la fuente más austral del Nilo.
El viajero que tenga razón para estar ahí sube desde Buyumbura en dos horas por la RN2 — la carretera trepa desde el calor del Tanganica hacia las colinas, y las laderas de té y banano son el viaje — y le da a Gitega un día y una noche: el museo por la mañana, con su guardián; la catedral, el boma y el mercado a pie; Gishora por la tarde, donde los tamborileros, arreglados con anticipación, tocarán — una hora de trueno en lo alto de la colina que es el sonido del país —; un plato de fríjoles, plátano y cabra a la brasa con una Primus en un bar de la calle principal; y, con un segundo día, las cascadas de la Karera o la fuente del Nilo, ambas a una mañana de trayecto por carreteras rojas.
La honestidad de la Guía, con suavidad: el clima de Burundi lleva años siendo político y los vientos cambian — el viajero prudente consulta condiciones con su cancillería, lleva los papeles a mano en los retenes, y no fotografía nada oficial; el país está entre los más pobres de la Tierra, el efectivo es la economía, y la electricidad va y viene; la visa se arregla con anticipación o en el aeropuerto de Buyumbura; y los tambores, las colinas y la amabilidad de un pueblo que ve unos pocos cientos de visitantes al año son la recompensa, que es por lo que la Guía navega esta página informada y la guarda tibia.