Mindelo
Mindelo es el puerto que hizo cantar a Cabo Verde: en São Vicente, una isla de montañas pardas y peladas, los ingleses montaron en el siglo XIX una estación carbonera en el cráter hundido de Porto Grande — uno de los mejores puertos naturales del Atlántico, con el perfil de Monte Cara, la cara del gigante, al otro lado del agua — y los marineros, el carbón, el cable telegráfico y el aburrimiento cosmopolita de una escala en medio del océano criaron las mornas que Cesária Évora llevó descalza al mundo. La ciudad ha conservado el aire de esa época: las casas pastel y la Rua de Lisboa, el Palácio do Povo, el mercado de pescado y el mercado cubierto lleno de la fruta de Santo Antão, una réplica de la Torre de Belém de Lisboa en el malecón, la Praça Nova donde el pueblo pasea por la tarde, el pequeño Fortim d'El Rei en su colina, y Laginha, una playa urbana turquesa en la punta norte de la bahía. En febrero monta el carnaval más brasileño de África; en agosto la luna llena trae el festival de Baía das Gatas a una playa al otro lado de la isla.
El viajero llega en el vuelo corto desde Praia o Sal al aeropuerto que lleva el nombre de Cesária, o en el ferry desde Santo Antão cruzando el canal, y le da a la ciudad su ritmo: el mercado de pescado temprano y el mercado cubierto después, un café en la Praça Nova, la Torre de Belém y el Palácio do Povo, la casa donde vivió Cesária; la tarde en Laginha con los nadadores y los niños, o en el viento de São Pedro, donde los kitesurfistas vuelan bajo los aviones que aterrizan; la noche en la Rua de Lisboa, donde los bares se llenan y, hacia la medianoche, alguien siempre empieza una morna y todos se saben la letra; un día Monte Verde arriba por la niebla y la vista de toda la bahía; y, esencialmente, el ferry a Santo Antão al alba — una hora cruzando el canal y entrando al verde — porque Mindelo es la puerta de esa isla tanto como una ciudad propia.
La honestidad de la Guía: Mindelo es un pueblo de puerto, fácil y sin pretensiones, y está en su mejor momento de noche — los días pueden ser ventosos, polvorientos y lentos, y la isla alrededor es un desierto de piedra; la semana de carnaval y el fin de semana de Baía das Gatas llenan cada cama con meses de anticipación — reserve o venga otra semana —; el viento sopla fuerte de noviembre a junio, lo que es una alegría para São Pedro y un fastidio para una toalla de playa; la música es real y pasa tarde, en bares pequeños y en las terrazas, no por horario; los taxis y los aluguers son baratos y el pueblo se camina; el ferry a Santo Antão es lo mejor que se puede hacer desde aquí y el canal puede estar picado — siéntese atrás —; y el grogue es más fuerte de lo que sabe, y se sirve con una sonrisa que espera un segundo.