Duala
Duala es la ciudad más grande de Camerún y su puerto, y no es la capital, lo que le sienta bien: un pueblo de estuario caliente, ruidoso y mojado sobre el Wouri, donde los alemanes desembarcaron en 1884 y dejaron, en Bonanjo, un barrio de villas coloniales — la Pagoda de los reyes Bell, alzada en 1905 para el jefe duala que firmó con ellos, el viejo palacio de justicia, la cámara de comercio — que los franceses conservaron y alrededor del cual la ciudad ha crecido. Akwa es el centro: el bulevar de la Libertad, la catedral de San Pedro y San Pablo de 1936, los bancos, los hoteles, los bares donde empieza la noche; Bonapriso tiene las villas, los restaurantes y el mercado de las flores; Deïdo, el barrio viejo de los duala, tiene en su rotonda La Nouvelle Liberté, la figura de doce metros de chatarra que Joseph-Francis Sumégné levantó en 1996 y que la ciudad discutió durante años y ahora quiere; al otro lado del puente del Wouri, Bonabéri es la otra orilla y la industria. El puerto es el mayor del África Central y alimenta a Chad y a la República Centroafricana; la música es el makossa, y Manu Dibango nació aquí; y cada comienzo de diciembre los pueblos sawa celebran el Ngondo en la orilla del río, con carreras de piraguas y una calabaza que se baja a los ancestros en el agua.
El viajero aterriza en el aeropuerto a diez kilómetros y le da a la ciudad dos días: Bonanjo por la mañana — la Pagoda, el museo marítimo, Doual'art, las casas alemanas bajo los mangos —; la estatua de Deïdo y el barrio viejo; el Marché Central o Mboppi por las telas y el ruido; el mercado de las flores y un almuerzo largo en Bonapriso — ndolé con camarones, pescado a la brasa, miondo, plátano —; una lancha por el estuario al atardecer si se consigue; y Akwa de noche, por un maquis, brochetas y una cerveza fría, y después adonde estén tocando el makossa, que el barman sabrá. Con más días, las playas de Kribi y las cascadas de Lobé que caen directo al mar, a tres horas al sur; y, en una mañana clara, el monte Camerún en el horizonte al noroeste, cuatro mil cuarenta metros de él.
La honestidad de la Guía: Duala es un puerto que trabaja, no un balneario — hace calor y humedad todo el año, las lluvias de junio a septiembre están entre las más pesadas de la Tierra, el tráfico es feroz y las mototaxis son la manera de atravesarlo; el hurto es real de noche y aplican las reglas de siempre, un taxi llamado por el hotel, el teléfono guardado en la calle; las regiones anglófonas del oeste cargan un conflicto, así que Buea y Limbe se consultan con la cancillería antes de zarpar; el francés abre todas las puertas y un saludo en duala abre las demás; y la recompensa es una ciudad que vive de su propia energía — el pescado a la brasa en la esquina, el makossa a medianoche, el río volviéndose oro bajo el puente —, con la que el viajero se entiende de inmediato o nunca, y la apuesta de la Guía es de inmediato.