El Ennedi
El Ennedi es una meseta de arenisca en el noreste de Chad, a mil kilómetros de la capital cruzando el Sáhara, que el viento y los ríos desaparecidos han tallado en uno de los paisajes más extraños de la Tierra: arcos — Aloba, de ciento veinte metros de alto, de los mayores de cualquier parte —, pilares, hongos, laberintos de piedra en Bachikélé, una roca con forma de elefante, y cañones que guardan agua todo el año en pozas llamadas gueltas, de las que la mayor, Archei, es una grieta entre paredes rojas donde los toubou abrevan sus camellos de a cientos y donde los últimos cocodrilos del Sáhara, pequeños y pocos, sobreviven desde el tiempo en que el desierto era verde. Ese tiempo está pintado en las paredes: miles de sitios de arte rupestre — las mujeres danzantes de Niola Doa, los rebaños de Manda Guéli —, siete mil años de vacas, cazadores y caballos. La Unesco inscribió el macizo en 2016; African Parks lo administra desde 2018 desde un campamento cerca de Fada, el único pueblo.
El viajero viene con una expedición, porque no hay otra manera: dos o tres días en 4×4 desde N'Djamena cruzando la arena, o un chárter a Fada, y después una semana entre las rocas — acampando bajo más estrellas de las que el cielo parece aguantar, subiendo a los arcos al alba, sentado sobre la guelta mientras los camellos bajan por su fondo en fila india y el eco de sus llamados llena el cañón, caminando los abrigos pintados con un guía que sepa qué figura está dónde, enhebrando los laberintos a pie; y, con más días y un vehículo serio, hacia el noroeste a los lagos de Ounianga entre sus palmeras y dunas, y al Tibesti volcánico más allá, que es otra expedición aparte.
La honestidad de la Guía, con suavidad: los vientos de la región son serios — las condiciones varían por zona y temporada, varias cancillerías aconsejan cautela o desaconsejan, y el viajero prudente consulta el aviso vigente y va, si va, con un operador con licencia por un circuito establecido, con los permisos, la escolta donde se exija y un teléfono satelital en el auto —; la expedición es larga, caliente, polvorienta y no es barata; la temporada es de noviembre a febrero y nada más; el agua de las gueltas es para los camellos, no para nadar; el arte rupestre es frágil — no tocar, no mojar para la foto —; los toubou son los anfitriones de este desierto y su té es la formalidad de frontera que importa; y los arcos con la primera luz, sin nadie más en el mundo, son la razón por la que la gente cruza el Sáhara por una semana con arena en los dientes.