Abiyán
Abiyán sorprende a todos la primera vez: un horizonte de torres alzándose entre lagunas — la llamaron el Manhattan del trópico en los setenta y el apodo se quedó porque el agua sigue reflejándolo —, la catedral de St. Paul izando su vela de hormigón sobre el Plateau, y una seguridad en sí misma que hizo de esta ciudad lagunar la capital cultural del África occidental francófona: la música, la moda y la jerga se transmiten desde aquí.
El viajero sensato cruza la laguna en barco a la hora dorada cuando el Plateau se duplica en el agua; visita St. Paul por la audacia de Aldo Spirito; come en un maquis — las parrillas al aire libre que son el verdadero parlamento del país — atiéké, alloco y pescado directo de las brasas; caza telas en el mercado de Treichville; y deja que la noche encuentre su propio camino, porque la noche abiyanesa, del garbadrome a la azotea, negocia con el amanecer.
La honestidad de la Guía: los taxis naranjas se negocian — acuerde antes de subir, o use la aplicación —; el francés lo lleva lejos y la jerga nouchi gana sonrisas; los barcos de la laguna son el atajo honesto frente al tráfico de los puentes; el regateo del gran mercado es esperado y de buen humor; y la regla del maquis es universal: cuanto más llenas las sillas plásticas, mejor el pescado. Siga el humo.