Kinsasa
Kinsasa es la gigante del par: diecisiete millones de personas en la orilla sur del Pool Malebo, la ciudad francófona más grande de la Tierra, sala de máquinas de la rumba congoleña — inscrita por la UNESCO como patrimonio de la humanidad — y de más música, pintura y pura invención verbal por cuadra que casi ningún otro lugar. Al otro lado del agua, tan cerca que se le leen las ventanas al anochecer, está Brazzaville: la otra mitad del único par de cartas espejadas de este atlas, cada una cargando a la otra en su horizonte.
El viajero que viene — y los valientes vienen — toma primero La Gombe: el bulevar del 30 de Junio, la Academia de Bellas Artes cuyos escultores y pintores cargan al hombro una tradición nacional, las terrazas del río donde el Pool hace su plata de la tarde. Luego, con guía y con gusto, más adentro: Matonge por la rumba que empieza después de las diez y negocia con el amanecer; los sapeurs, cuya elegancia es un acto soberano; chikwanga y liboke a la brasa junto al agua; y los mercados, que no se visitan tanto como se sobreviven, con alegría.
La honestidad de la Guía, con amor: Kinsasa pide sabiduría de calle — un conductor de confianza, teléfonos sin exhibir, la fotografía lejos de edificios oficiales y puentes, y consejo tomado sobre qué barrios a qué horas —; los papeles se revisan, así que llévelos; el ferry desde Brazzaville es una aventura genuina con prólogo de papeleo. Nada de esto es razón para no venir; es el precio de entrada a una de las grandes ciudades de este siglo, y quien lo paga rara vez deja de contarlo.