Malabo
Malabo es la única capital de África donde la calle habla español — un hecho que esta Guía, que navega bajo dos banderas, no puede sino amar. Está en la isla de Bioko, sobre el borde de un cráter volcánico hundido que le sirve de puerto, bajo la masa verde del pico Basilé, que sube tres mil metros directo desde el mar y lleva su nube como sombrero. El casco viejo guarda cuadras coloniales de portales, una catedral neogótica de dos agujas esbeltas, y la memoria del cacao de Fernando Poo, alguna vez el más fino del mundo.
El viajero que desembarca camina el casco viejo entre la catedral y los bordes del barrio presidencial; toma el malecón cuando la luz ablanda; come pescado a la brasa a la manera ecuatoguineana, con plátano y salsa de picante; y — con permiso y guía — sube al otro mundo de Bioko: los lagos de cráter y los bosques de niebla de las tierras altas de Moka, y en temporada las playas de arena negra de Ureca, al sur, donde las tortugas laúd y verdes salen a anidar entre noviembre y febrero.
La honestidad de la Guía, con suavidad: esta es una de las puertas menos visitadas del continente y se nota — los visados piden paciencia de verdad aun donde se anuncian exenciones, fotografiar cerca de edificios oficiales exige cuidado explícito y a menudo permiso, el dinero del petróleo encarece los hoteles, y el andar libre fuera de la ciudad corre sobre autorizaciones. Vaya con los papeles en orden, un operador local y cortesía sin prisa — la recompensa es una isla que casi ninguna postal muestra, en un español enteramente suyo.