Pico Basilé
El Pico Basilé es el volcán que hace la isla de Bioko: tres mil once metros que suben derechos desde las calles traseras de Malabo hasta la nube, el punto más alto de Guinea Ecuatorial y una de las pocas cumbres de África a las que llega un carro — una carretera pavimentada sube desde la capital entre cacao y luego selva hasta las antenas de la cima, donde la gran estatua de la Virgen de Bisila, la patrona de la isla, mira sobre la ciudad, el golfo y, en las mañanas claras de la estación seca, el monte Camerún en el continente a treinta y dos kilómetros. Bioko habla español, la única isla así en África, y su geografía es una escalera: Malabo y su catedral neogótica de 1916 en la punta norte; la cima; el valle alto de Moka en el sur a mil cuatrocientos metros, con su lago de cráter Biao y la estación de investigación del Bioko Biodiversity Protection Program; la Gran Caldera de Luba, una reserva científica de selva virgen que guarda siete especies de monos — el dril entre ellas — que en esta densidad no se encuentran en ninguna otra parte; y Ureca en la costa sur, el pueblo más lluvioso de África, donde las tortugas laúd y otras tres suben a anidar de noviembre a febrero.
El viajero aterriza en Malabo, camina el pueblo viejo español — la catedral, la Casa Verde, el malecón — y arregla el permiso para la cima a través de un hotel o un guía, lo que toma un día de paciencia; sube al Pico Basilé temprano, antes de que la nube cierre a las diez, por el santuario, las antenas y la vista; va al sur por la carretera hasta Moka por una noche en el fresco, la caminata al lago y las cascadas, y los guías de la estación que conocen los cantos de los monos; y, con dos días más y la estación correcta, baja a Ureca por la playa de noche con las patrullas de tortugas, o a Luba por la bahía. La mesa es hispanoafricana: pepesup, sukuk, pescado a la brasa, y un café en la plaza que podría ser cualquier lugar del viejo imperio y no es ninguno más que este.
La honestidad de la Guía, con suavidad: Guinea Ecuatorial pide papeles en cada puerta — la visa es tarea, el permiso para la cima es real y lo piden en el control, las carreteras tienen retenes de policía, y las fotos de cualquier cosa oficial — el palacio, el puerto, el aeropuerto, los cuarteles — están prohibidas y se hacen cumplir —; el viajero prudente consulta condiciones con su cancillería, lleva copia de cada documento, y viaja con un guía que sepa a qué puerta tocar; el país es caro, el internet es lento, y el efectivo es el CFA; las carreteras del sur se lavan con las lluvias; y la recompensa es una isla que casi nadie visita — un volcán con carretera a la cima, una caldera de monos, un pueblo de tortugas, y español hablado bajo las ceibas —, que la Guía navega informada, y con gusto.