Asmara
Asmara es el tesoro arquitectónico más extraño de África: una ciudad modernista completa en una meseta de altura, donde a los arquitectos italianos de los años treinta los soltaron a construir sus sueños futuristas — una estación de servicio con alas de concreto de treinta metros, cines como transatlánticos, cafés con máquinas de espresso originales todavía silbando — y donde Eritrea, después de todo, lo conservó entero, lo hizo suyo, y logró que la UNESCO inscribiera el conjunto. A 2.325 metros el aire es brillante, las jacarandás florecen, y la ciudad entera sale de paseo a las seis.
El viajero sensato camina la avenida Harnet con la multitud de la tarde, macchiato a macchiato — la herencia del café aquí no es imitación de nadie —; hace la peregrinación al Fiat Tagliero y se para bajo las alas que los ingenieros juraron que caerían en 1938 y no han caído; colecciona cines — el interior del Impero es el secreto art déco mejor guardado del continente —; y saluda a los ciclistas, porque Eritrea es la gran nación ciclista de África y el domingo es del pelotón.
La honestidad de la Guía, con suavidad: las puertas piden paciencia — los visados llevan tarea, viajar más allá de Asmara necesita permisos, y el viajero prudente consulta condiciones vigentes con su cancillería y reserva con operadores que conocen el terreno —; el efectivo es la economía y el cambio es formal: planéelo; el internet escasea — tómelo como un atributo y escriba postales; y la ciudad misma es calmada, cortés y caminable, un museo al aire libre que además sirve un café excelente.