Libreville
Libreville se estira por la orilla norte del estuario del Komo, una capital de costa con palmeras, ministerios y humo de pescado a la brasa donde el bosque del ecuador empieza en la última parada del bus: Gabón es casi noventa por ciento árboles, y la ciudad es el claro cortés donde el país firma sus papeles. De julio a septiembre las ballenas jorobadas respiran frente a la boca del río, y los fines de semana la ciudad cruza el agua hacia Pointe-Denis, una lengua de arena con playas y el bosque a la espalda.
El viajero toma el bulevar del Bord de Mer a la hora dorada; visita San Miguel de Nkembo, cuyas columnas de madera tallada cuentan las escrituras en manos gabonesas; regatea alegre en Mont-Bouët, el mercado que se traga cuadras enteras; come poisson braisé con yuca junto al agua; y reserva la lancha a Pointe-Denis — o mejor, el viaje siguiente, porque la gloria de Gabón es Loango, donde los elefantes de bosque caminan la playa y la leyenda de los hipopótamos surfistas quedó fotografiada en la imaginación del mundo.
El consejo práctico de la Guía: el petróleo hace de Libreville una de las ciudades más caras de la región — presupueste en consecuencia y coma donde guíe el humo del pescado —; los taxis corren a negociación, pactada antes de que cierre la puerta; el francés abre todo; y el itinerario de verdad está más allá del anillo — Loango, Lopé, las cascadas de Ivindo — reservado por adelantado con operadores, porque el bosque no improvisa. La ciudad es la veranda; el país es la catedral.