El Masái Mara
El Masái Mara es el extremo norte del pasto del Serengueti — mil quinientos kilómetros cuadrados del condado keniano de Narok, reserva desde 1961, nombrada por los masái y por la palabra que usan para la manera en que las acacias motean la llanura — y es adonde la Gran Migración viene a beber: de julio a octubre un millón y medio de ñus y las cebras con ellos cruzan el río Mara, y los cruces, con los cocodrilos esperando y las orillas desmoronándose, son la hora más mirada de la fauna africana. Pero el Mara no es solo sus cuatro meses: tiene los leones más densos del continente — la manada de Marsh, en Musiara, hecha famosa por una cámara de televisión —, guepardos en los termiteros, leopardos a lo largo del Talek, elefantes, búfalos y, en el tercio occidental al otro lado del río, el Triángulo del Mara bajo la escarpa de Oloololo, más tranquilo y mejor administrado; y al norte de la reserva las conservancies comunitarias — Naboisho, Mara North, Olare Motorogi — donde los dueños masái de la tierra arriendan su pasto a unos pocos campamentos, los vehículos se cuentan y los safaris siguen después de oscurecer.
El viajero vuela desde el aeropuerto Wilson de Nairobi en cuarenta y cinco minutos a una de las pistas del Mara, o maneja cinco o seis horas por Narok, y le da tres o cuatro noches: dos en la reserva por el río y las grandes manadas — un safari al alba hasta un punto de cruce y la paciencia de esperar, porque los ñus cruzan cuando cruzan; un picnic bajo un balanites; el atardecer con los globos bajando — y una o dos en una conservancy por los safaris nocturnos, la caminata y un guía masái que creció sobre el terreno; un globo a primera luz sobre la llanura, caro y valioso una vez; una visita a una manyatta arreglada por el campamento; y, en todas partes, la disciplina de los buenos campamentos — un vehículo por avistamiento, motores apagados.
La honestidad de la Guía: el Mara en temporada de migración es el lugar más concurrido del África salvaje — los cruces pueden juntar cincuenta vehículos, y el viajero que quiera la llanura para sí va en febrero, o a las conservancies, o al Triángulo; las tarifas de la reserva se pagan por día y no son pequeñas; el suelo de algodón negro cierra las pistas con las lluvias; y las aldeas masái arregladas para turistas son lo que son — la entrada honesta es un guía de la comunidad y una conservancy que les pague; la recompensa, desde la primera cebra en la pista de aterrizaje hasta el león que pasa junto al vehículo al atardecer, es el safari contra el que se mide cualquier otro safari, que es por lo que la Guía guarda esta página al frente del estante del continente.