La Avenida de los Baobabs
La Avenida de los Baobabs es un tramo de carretera de tierra roja a quince kilómetros de Morondava, en la costa oeste de Madagascar, donde unos veinticinco Adansonia grandidieri — los más grandes de los baobabs de la isla, treinta metros de alto y ochocientos años de edad, troncos como columnas y ramas como raíces alzadas al cielo — se paran en fila a ambos lados de la RN8 sobre arrozales y una charca, y donde, cada tarde, todo el mundo con una cámara viene a ver caer el sol entre ellos. Son los sobrevivientes de un bosque que se taló para los campos, conservados porque los sakalava los tienen por sagrados; la isla los declaró su primer monumento natural en 2007. A siete kilómetros, los Baobabs Enamorados se retuercen uno alrededor del otro; a sesenta, el bosque de Kirindy guarda el fosa, el sifaka y el lémur más pequeño de la Tierra para quien lo camine de noche; y a doscientos kilómetros al norte, por una carretera que toma un día en 4×4, el Tsingy de Bemaraha se alza en sus agujas de piedra. Morondava misma es un pueblo tibio y lento en una península, con las piraguas de balancín de los pescadores vezo en la playa, un aeropuerto a una hora de la capital, y la carretera hacia el este — la RN35, setecientos kilómetros y doce horas — para quien venga por tierra.
El viajero vuela a Morondava, o llega polvoriento de la RN35 o del Tsingy, duerme en Nosy Kely sobre la playa, y va a la avenida dos veces: al atardecer con todos — las carretas de zebú pasando, los niños vendiendo, la luz volviéndose cobre en los troncos — y al amanecer sin nadie, cuando la neblina está sobre los arrozales y los árboles son negros contra un cielo pálido; camina la carretera a pie hasta la charca por el reflejo y hasta los Baobabs Enamorados; pasa una noche en Kirindy por la caminata guiada después de oscurecer, los ojos en la linterna y el fosa en la cocina del campamento; come el pescado de los vezo en la playa con una THB; y, en la estación seca y con días de sobra, toma la carretera al norte hasta el Tsingy, que es la otra maravilla del oeste.
La honestidad de la Guía: la avenida es una carretera, no un parque — no hay puerta, ni tarifa más allá de la de la comunidad, ni sombra —, y el atardecer junta una multitud de unos cientos que el amanecer no junta; las carreteras de Madagascar están entre las peores de la Tierra y sus distancias se miden en horas, no en kilómetros, así que el vuelo a Morondava se compra con el boleto, y el Tsingy es una estación y un 4×4; el efectivo es la economía y el ariary viene en fajos; el pueblo es seguro y lento, y la playa tiene sus vendedores; y una fila de gigantes de ochocientos años volviéndose oro con el sol entre ellos es una de las imágenes de las islas de África, que es por lo que la Guía guarda esta página en su luz tardía.