Chinguetti
Chinguetti es un pueblo de casas de piedra seca al borde de un mar de arena, en la meseta del Adrar de Mauritania, que el islam cuenta — por una tradición que el pueblo guarda con cariño — como su séptima ciudad santa: fundada en el siglo VIII y refundada en el XIII como etapa del camino de caravanas a Tombuctú, reunió peregrinos hacia La Meca de todo el Sáhara occidental y, con ellos, libros. Una docena de bibliotecas familiares todavía los guarda — manuscritos del Corán, de derecho, astronomía y matemáticas, algunos del siglo XI, en los estantes de las familias Habott y Ahmed Mahmoud y sus vecinos, mostrados por descendientes que conocen cada volumen — junto a la mezquita del Viernes cuyo minarete cuadrado de piedra sin argamasa, coronado con huevos de avestruz, es el emblema del país. El uadi separa el ksar viejo, que las dunas del Erg Warane entierran despacio, de la ciudad nueva de auberges y té; Atar, la capital regional, está a ochenta kilómetros al oeste por el paso de Amogjar, y Ouadane, el otro ksar antiguo, a ciento veinte al noreste, camino del Ojo del Sáhara.
El viajero sube desde Atar — los chárter de invierno aterrizan ahí — por el paso y la meseta, duerme en una auberge de la ciudad nueva, y cruza el uadi con la primera luz para caminar el ksar antes del calor: la mezquita por fuera, los callejones de piedra, y las bibliotecas una por una, sentado en el suelo mientras un guardián desenvuelve un libro de su tela; bebe los tres vasos de té, amargo, dulce y suave, como manda la tarde; sube a las primeras dunas del erg por el atardecer sobre los techos; y, con dos días más, sale en camello con un guía del pueblo por una noche bajo más estrellas de las que parecen posibles, y sigue a Ouadane y, con un 4×4 y un día largo, al gran anillo de la estructura de Richat que solo los astronautas ven entero.
La honestidad de la Guía: el Adrar se reabrió a los viajeros hace pocos años tras un cierre largo y sigue siendo un lugar al que llegar informado — lea los avisos, viaje con un operador mauritano o una auberge que arregle los guías y los permisos, y deje que ellos fijen la ruta; la temporada es de noviembre a febrero y el resto es calor, harmatán o los dos; las bibliotecas piden una pequeña tarifa que mantiene los libros en sus telas — páguela con gusto, y no toque; la arena le va ganando despacio a la ciudad vieja, y el viajero ve un lugar que no se verá igual en veinte años; hay pocos servicios más allá de las auberges y el té; el vuelo a Atar existe algunos inviernos y otros no — revise —; y el silencio del erg de noche es la razón por la que los peregrinos paraban aquí, y no ha cambiado.