Maputo
Maputo corre sobre una cuadrícula de avenidas de acacias y jacarandás bautizadas con convicción revolucionaria — caminará por Karl Marx para llegar a Mao Tse Tung, y doblará en Kim Il Sung hacia el mar — tendida sobre una ciudad de bahía que mezcla azulejos portugueses, luz del Índico y un pulso musical enteramente suyo. La pieza estelar es la estación de trenes CFM, una confección verde menta y blanca con gran cúpula, tan bella que los viajeros la fotografían antes que a sus propios trenes.
El viajero camina la Baixa entre la estación, la fortaleza y las fachadas de azulejo; sube a los jardines del acantilado de Polana por el panorama de la bahía; encuentra Mafalala, el barrio histórico donde se criaron la marrabenta y la mitad de los poetas y futbolistas fundadores del país; come el triunfo diplomático de la ciudad — langostinos a la brasa con piri-piri, al estilo LM, con matapa al lado —; y cruza el gran puente colgante a Katembe, el más largo del continente, por el horizonte que en parte se construyó para regalar.
El consejo práctico de la Guía: Maputo es caminable con sentido de ciudad — de día libremente, las noches en apps de taxi, teléfonos discretos en el paseo marítimo —; el portugués abre corazones y 'khanimambo' (gracias, en ronga) los abre más; la provincia del extremo norte escribe otro clima estos años — el viajero que va más allá de la capital consulta el consejo vigente, mientras la ciudad y las playas del sur conservan su ritmo fácil —; y los tiburones ballena de Tofo y los arrecifes de Inhaca hacen de Mozambique un país que la primera visita apenas empieza.