El Pico Cão Grande
El Pico Cão Grande es una aguja de roca negra que se levanta derecha desde la selva del sur de São Tomé — seiscientos sesenta y tres metros sobre el mar, unos trescientos setenta sobre los árboles de su pie —, el tapón de un volcán cuyo cono se erosionó y dejó solo el núcleo en pie, tan a plomo que el musgo y la nube se le pegan y solo un puñado de escaladores expertos ha llegado alguna vez a la cima. Está dentro del parque natural de Obô, un tercio de la isla de selva donde viven aves que no viven en ninguna otra parte, y se ve mejor desde la carretera que baja por la costa este pasando las plantaciones de cacao, las roças, hasta la Roça São João, donde los angolares — descendientes, dice la historia, de un naufragio de cautivos angoleños — pescan y donde un chef famoso alimenta a los viajeros con lo que dan el mar y la huerta; más allá, en la punta sur de la isla, Porto Alegre y el ilhéu das Rolas, que cruza el ecuador.
El viajero baja desde la ciudad de São Tomé en dos horas por la carretera de la costa, parando en las plantaciones en el camino, y llega al mirador de la EN2 por la mañana, antes de la nube que el pico se pone casi todas las tardes; entra a la selva de Obô con un guía del parque por las aves y las begonias gigantes; come el almuerzo largo en la Roça São João y se queda a dormir en la vieja casa de la plantación; sigue a Porto Alegre y cruza en piragua a Rolas para pararse con un pie en cada hemisferio; y, de julio a octubre, toma un bote por las ballenas jorobadas que paren frente a esta costa — la aguja detrás, en un día claro, como una cosa dibujada en el cielo.
La honestidad de la Guía: el pico es para mirarlo, no para escalarlo — sus paredes están mojadas, con musgo, desplomadas y con serpientes, y los pocos que lo han escalado eran los mejores del mundo con una semana de equipo; la nube es un hecho del sur, y el viajero que quiera la fotografía va temprano y tiene paciencia; la carretera está pavimentada y es lenta, y el sur tiene pocas camas — la roça y un par de alojamientos —, así que reserve; las caminatas por la selva son embarradas y los guías valen la pena; São Tomé es pequeña, segura, dormilona y de habla portuguesa, y su ritmo es «leve-leve» — despacio, despacio —, que es la única manera en que la isla funciona; y el chocolate es la razón para llevar una bolsa extra a casa.