Lomé
Lomé es la capital que empieza en un puesto fronterizo: las calles occidentales de la ciudad dan directo a Ghana, y su bulevar de playa bordeado de palmeras recorre todo el frente de mar como una promesa que el pueblo cumple a diario. Su gran institución es comercial y matriarcal — las Nana Benz, las reinas de la tela de cera del Grand Marché, que manejaron el comercio textil del África occidental con tanta ganancia que los Mercedes que preferían les dieron el nombre. Sus nietas todavía fijan los precios.
El viajero sensato trabaja los tres pisos del Grand Marché con ojos sin prisa — los estampados de cera son la autobiografía del país en tela —; toma un zemidjan al menos una vez, breve y bien agarrado; camina el bulevar de playa al atardecer cuando se encienden las brasas y la brisa del mar hace de aire acondicionado; y se acerca a la herencia vodún con el respeto que se le debe a una fe viva: el mercado de fetiches con un guía serio o nada, y Togoville al otro lado de la laguna, donde la religión conserva su casa más vieja.
La honestidad de la Guía: el vodún aquí es religión, no teatro — parte del mercado de fetiches es práctica genuina y parte está montada para cámaras: un buen guía las distingue, y su conducta debe asumir la primera —; los zems están en todas partes y los cascos no: trayectos cortos, conductores lentos, o un carro; francos CFA en billetes pequeños; y las corrientes del océano son fuertes — el bulevar es más para caminar y asar que para nadar.