Las Cataratas Victoria
El pueblo de Victoria Falls tiene el asiento de tribuna: desde la orilla zimbabuense la catarata muestra su rostro entero de una vez, la cortina de kilómetro y medio que el viajero ha visto en todas las pantallas y que en persona igual lo deja sin aire. Esta carta es la gemela de la de Livingstone al otro lado del agua — el segundo par espejado del atlas, dos orillas de un solo trueno unidas por el puente de 1905 — y entre las dos se reparten la maravilla como buenas vecinas: Zambia la intimidad, Zimbabue el panorama.
El viajero camina el sendero de la selva de lluvia — un bosque que existe porque las cataratas lo riegan hacia arriba, lloviendo desde el cielo propio del suelo, helechos y antílopes en llovizna permanente —; saluda la estatua del doctor en los miradores del oeste; mira a los valientes saltar 111 metros desde el puente; y baja, si el ánimo dice sí, a las gargantas de abajo, donde el Zambeze se dobla en zigzags de basalto y sirve lo que muchos llaman el mejor rafting de un día de la Tierra. Río arriba, el río pide disculpas con cruceros al atardecer y elefantes.
El consejo práctico de la Guía: las aguas altas (febrero a mayo) son la hora de esta orilla — el panorama sobrevive al rocío mejor que los senderos cercanos del otro lado —; el pueblo corre sobre el turismo y lo hace con calidez, con jabalíes podando los jardines; el cruce del puente a la otra orilla es la peregrinación, pasaportes a mano y la univisa KAZA cuando se ofrezca; y las cataratas en luna llena levantan un arcoíris lunar sobre la garganta — reserve la caminata nocturna y sostenga firme el trípode.