Bakú
Bakú es la capital de la tierra del fuego, y el fuego no es metáfora: filtraciones de gas llevan milenios ardiendo en estas laderas — los zoroastrianos les construyeron templos —, el primer boom petrolero construyó las mansiones, y las Torres de la Llama ahora reproducen el viejo elemento en vidrio y luz sobre la bahía. Debajo, la Icherisheher amurallada guarda sus callejuelas y su Torre de la Doncella, cuyas leyendas superan a sus pisos, y la brisa del Caspio llega puntual — «ciudad de los vientos» es el más viejo de los nombres de Bakú y el que mejor se hace cumplir.
El viajero sensato rodea las murallas de la Ciudad Vieja por la mañana, sube a la Torre de la Doncella por la bahía, y lee las fachadas de las mansiones del boom como un libro contable de fortunas súbitas; camina el Bulevar al atardecer con té en vasos armudu, las copas de cintura que mantienen caliente el primer sorbo; le da su hora a las curvas imposibles del Centro Heydar Aliyev de Zaha Hadid; y hace el paseo de la península: el templo del fuego de Ateshgah y Yanar Dag, la ladera que arde continua desde que alguien pueda probarlo.
La honestidad de la Guía: el viento khazri es real y reordena paraguas — una chaqueta le gana a la elegancia en el Bulevar, aunque Bakú sí se arregla: empaque una pinta formal —; los taxis corren honestos por aplicación; los volcanes de lodo de Gobustán valen el último kilómetro de brincos, idealmente en pareja con los petroglifos; y aquí el té se niega a las prisas — con mermelada, con conversación, con el mar enfrente. La Guía recomienda rendirse al segundo vaso.