Daca
Daca es la capital mundial del rickshaw — medio millón, pintados a mano como galerías rodantes con estrellas de cine, pavos reales y mezquitas en sus tableros — y el centro palpitante del delta de Bengala, donde el Buriganga ejecuta un ballet de roces mínimos que lleva siglos corriendo sin director. Esta ciudad alguna vez tejió muselina tan fina que la llamaron aire tejido; hoy teje el clóset de medio planeta.
El viajero sensato toma un bote de madera en Sadarghat y simplemente flota una hora en el tráfico del río, al que ninguna descripción sobrevive; camina la Vieja Daca del fuerte Lalbagh al palacio rosado de Ahsan Manzil, con pausa para un biryani donde las ollas son más viejas que los meseros; se detiene en el Shahid Minar, donde estudiantes murieron en 1952 defendiendo el derecho a su propia lengua — el mundo marca hoy el Día de la Lengua Materna en su fecha; y deja trabajar la famosa curiosidad de Daca: lo van a saludar, interrogar y acoger, más o menos en ese orden.
La honestidad de la Guía: el tráfico está más allá de las categorías — planee dos cosas por día y tome el río cuando pueda —; acuerde el precio del bote en el muelle con dedos y sonrisa; las multitudes son densas y la amabilidad más: espere ser fotografiado, y pregunte antes de devolver el favor; y la Daca del monzón se inunda con confianza bíblica — empaque sandalias de fiar y un sentido del humor que aguante el vadeo.