Kampong Ayer
Kampong Ayer es una ciudad que nunca salió a tierra: cuarenta aldeas de casas de madera sobre pilotes en el río Brunei, treinta y seis kilómetros de pasarelas entre ellas, escuelas y mezquitas y una estación de bomberos y una clínica, todo sobre postes encima del agua, y unas diez mil personas que van a la capital en taxi de agua en un minuto por un dólar. Lleva ahí seiscientos años; Pigafetta, el cronista de Magallanes, la vio en 1521 y la llamó la Venecia de Oriente; y los sultanes les han ofrecido a sus vecinos casas en tierra durante décadas y la mayoría ha dicho no, gracias. En la orilla, Bandar Seri Begawan es la capital más callada de Asia, con una mezquita de cúpula de oro parada en su propia laguna junto a una barca ceremonial de piedra, y, río arriba, el palacio residencial más grande de la Tierra, cerrado salvo tres días al año.
El viajero se para en el malecón y levanta una mano, y llega un bote; cruza a la aldea y camina las pasarelas — pasando la escuela que sale, la mezquitita, la estación de bomberos con su lancha, casas con antenas parabólicas y macetas y abuelas en el escalón —; visita la galería por la historia y su torre por la vista; lo invitan, muy posiblemente, a un té; vuelve por la mezquita al atardecer, cuando la cúpula se pone de oro y la laguna la sostiene; y, de camino, toma un bote río abajo hasta los manglares, donde los monos narigudos se sientan en los árboles al final de la tarde con la misma cara de sorpresa que usted.
La honestidad de la Guía: Brunéi es pequeño, rico, seco y calmo — no se vende alcohol, las calles están vacías a las nueve, y las leyes del país son las suyas y son estrictas: léalas y respételas —; Kampong Ayer es un barrio, no un museo, y las pasarelas son el escalón de entrada de la gente — camine con suavidad, pregunte antes de fotografiar, acepte el té —; los taxis de agua son el transporte y el precio es un dólar, diga lo que diga la primera cotización; el palacio abre solo los tres días después del Ramadán, cuando el sultán da la mano; y el silencio de Brunéi es una virtud — la mezquita al atardecer sobre el agua vale el viaje por sí sola.