Nom Pen
Nom Pen se sienta donde se encuentran cuatro brazos de agua — los jemeres lo llaman Chaktomuk, las cuatro caras: el Mekong bajando del norte, el Tonlé Sap entrando desde el gran lago, y los dos saliendo hacia el sur como el Mekong y el Bassac; y una vez al año, cuando el monzón hincha el Mekong, el Tonlé Sap se da la vuelta y corre al revés para llenar el lago, y la ciudad hace un festival de regatas para dar las gracias. En la orilla oeste, el Palacio Real guarda una pagoda con el suelo de cinco mil baldosas de plata; una colina con un templo le dio a la ciudad su nombre; un mercado amarillo art déco de 1937 vende de todo; y una escuela en el sur, convertida en prisión en 1975, guarda la memoria de los años en que la ciudad fue vaciada y al país lo obligaron a olvidarse de sí mismo. Nom Pen no ha olvidado, y no necesita que se lo recuerden.
El viajero camina Sisowath Quay temprano, cuando los monjes y los que trotan tienen el río; ve el palacio y la Pagoda de Plata antes del calor; sube a Wat Phnom por la historia y la sombra; compra nada y todo en el Mercado Central; va a Tuol Sleng, y después a Choeung Ek, en ese orden, en silencio, con un guía que lo vivió o cuyos padres lo vivieron, y deja que la tarde sea lo que es; y, al atardecer, toma un bote hasta donde se encuentran los cuatro brazos, con el palacio iluminado detrás y el agua yendo en todas las direcciones a la vez. La noche es de los bares pequeños de Bassac Lane, o de un plato de amok de pescado en el malecón.
La honestidad de la Guía: Nom Pen es una ciudad que aprendió a vivir con su historia y les pide a los visitantes lo mismo — vista y hable en Tuol Sleng y en Choeung Ek como lo haría en cualquier tumba —; el palacio cierra al mediodía y pide rodillas cubiertas; los tuk-tuk son la manera de moverse y las apps los volvieron honestos; el malecón es seguro y animado y las calles de atrás de noche son para quien las conoce; el festival del río en noviembre es glorioso y la ciudad está llena; y los años duros del país tienen treinta años y están en todas partes — los jóvenes jemeres que lo van a llevar tienen su propia mirada sobre ellos, que vale más que cualquier libro. Navegue con suavidad, y coma bien: la comida es una razón por sí sola.