Biskek
Bishkek es una cuadrícula de robles y álamos con picos nevados al final de cada calle — la cordillera Ala-Too se para tan cerca y tan alta que la ciudad parece organizada como plataforma de observación. El agua corre audible por los aryks, los canalitos que bordean cada avenida; las plazas conservan su escala soviética y sus estatuas de caballos; y el pueblo entero funciona como la recepción amable de un país que es nueve décimas montaña y está completamente seguro de ello.
El viajero sensato toma la plaza Ala-Too a la arriada de bandera, camina el Parque de los Robles entre esculturas y ajedrecistas, se zambulle en el bazar de Osh por sombreros de fieltro, fruta seca y salchicha de caballo vendida con total confianza; toma kymyz — leche de yegua fermentada — una vez, con respeto; y luego obedece al horizonte: el cañón de Ala Archa queda a cuarenta minutos, alpino y serio, y los campamentos de yurtas de Song-Köl y las orillas del Issyk-Kul son la razón de que la bandera lleve un tunduk — la corona de una yurta — en el centro.
La honestidad de la Guía: las marshrutkas son el tránsito verdadero y una aventura a precio de diario — pregunte, súbase, agárrese —; las caminatas aquí empiezan a dos mil metros: dosifique el primer día; los shyrdaks de fieltro del bazar son el arte real — compre a las cooperativas de artesanas —; y Kirguistán corre con una hospitalidad más vieja que cualquier frontera: si lo invitan a té en una yurta, la respuesta, con agenda o sin ella, es sí.