El Gobi
El Gobi es un desierto que no es de arena: mil kilómetros de llanura de grava, salar y hierba rala a lo largo del sur de Mongolia, trescientos días de sol al año y treinta bajo cero en enero, donde la arena, cuando llega, llega toda de golpe — las Khongoryn Els, cien kilómetros de dunas de trescientos metros de alto que zumban cuando el viento las mueve —, donde una pared de arenisca roja que una expedición estadounidense bautizó los Acantilados Llameantes entregó, en 1923, los primeros huevos de dinosaurio que alguien hubiera visto, y donde una garganta en las montañas llamada la Boca del Buitre guarda hielo en el suelo hasta julio. En medio, los gers de pastores que le darán de comer, los camellos de dos jorobas que lo llevarán, y, en Dalanzadgad, una pista de aterrizaje y una carretera que es sobre todo una dirección.
El viajero vuela a Dalanzadgad o maneja los dos días desde Ulán Bator; duerme en un campamento de gers y después, si se puede arreglar, en el ger de una familia; camina el valle de los Buitres en el frío de la mañana entre paredes de roca, atento a los íbices; sube a los Acantilados Llameantes al atardecer, cuando arden; monta un camello hasta el pie de las grandes dunas y después las sube, una hora de dos pasos arriba y uno abajo, por el desierto entero desde la cresta y el sonido de la arena; y, de noche, se acuesta en el suelo lejos de todo y deja que la Vía Láctea se explique sola.
La honestidad de la Guía: el Gobi es enorme y vacío y las distancias son el punto — un día de manejo entre los sitios, por huellas, en una furgoneta rusa o un jeep con un conductor que conozca el camino, porque no hay camino —; los campamentos van de gers turísticos con ducha al fieltro y el balde de una familia, y los dos son lo de verdad; el sol es feroz y la sombra no está en ninguna parte: sombreros y litros de agua; las noches son frías en cualquier mes; el airag — leche de yegua fermentada — se ofrece como hospitalidad y se acepta con la mano derecha; y la hospitalidad de Mongolia no es un servicio — es una ley de la estepa, y se devuelve no apurándose, y dejando el ger como lo encontró.