Bagan
Bagan es una llanura de templos: en una curva del Irrawaddy, a lo largo de cuarenta kilómetros cuadrados de matorral seco y tamarindos, los reyes del primer imperio birmano construyeron, entre los siglos XI y XIII, más de diez mil pagodas y monasterios, de los que unos dos mil doscientos siguen en pie — ladrillo y estuco, dorados y desnudos, del tamaño de un cobertizo y del tamaño de una catedral —, de modo que al alba, desde cualquier montículo, el horizonte es de agujas hasta el borde del mundo, y los globos aerostáticos que suben sobre ellas en los meses frescos son lo único que se mueve. Bagan Antiguo guarda los más grandes dentro de su muralla; Nyaung U guarda el mercado y la Shwezigon de oro; Bagan Nuevo guarda los hoteles y los talleres de laca; y cincuenta kilómetros al sureste, un monasterio se sienta en el tapón volcánico del monte Popa entre monos y espíritus.
El viajero que va — y hoy eso exige tarea de verdad — duerme dos noches, despierta antes de las cinco y toma un e-bike por un camino de arena hasta un templo bajo con terraza y espera la luz; ve Ananda por sus cuatro budas de pie y Thatbyinnyu por su altura, Dhammayangyi por sus ladrillos puestos tan juntos que no pasa una aguja, Sulamani por sus pinturas; toma té en el mercado de Nyaung U; ve bajar el sol desde un barco en el río con los templos detrás; y, con un día, sube los setecientos setenta y siete escalones del Popa, mirando a los monos mirar los bolsos.
La honestidad de la Guía, con suavidad: los vientos del país son duros estos años — la situación cambia por mes, varias cancillerías desaconsejan los viajes no esenciales, y el viajero prudente revisa las condiciones actuales con la suya antes de zarpar, y piensa a quién le llega su dinero —; el efectivo nuevo sigue siendo el rey; la política nunca es una conversación para abrir. El terremoto de 2016 dañó cuatrocientos templos y trepar a ellos hoy está prohibido — las terrazas que quedan están señaladas, y los montículos son el atardecer —; los globos vuelan de noviembre a marzo y se reservan y se cobran como la maravilla que son. La gracia de la llanura es real, la calidez de su gente es real — y esta página lleva su promesa callada: las mejores mañanas merecen viajeros listos para ellas.