Rangún
Rangún guarda dos oros: el de la Shwedagon — cien metros de estupa dorada que aparece al final de las avenidas como un amanecer que se quedó —, y el de la luz de la tarde sobre el centro colonial sobreviviente más grande del sudeste asiático, cuadra tras cuadra de bancos con columnas y ministerios con persianas que las raíces de los banianos y las casas de té van reclamando despacio. Entre los dos, la vida corre a ritmo de monzón, mejillas pintadas de thanaka y la vuelta sin prisa del tren circular.
El viajero que va — y hoy eso exige tarea de verdad — camina la Shwedagon descalzo al atardecer, en el sentido del reloj, entre familias y monjes novicios, cuando el mármol se enfría y el oro se vuelve brasa; toma té con leche condensada en un puesto del centro; da la vuelta completa en el tren circular por tres horas de la vida honesta de la ciudad; y cruza en ferry a Dala, donde Rangún se vuelve aldeas en diez minutos.
La honestidad de la Guía, con suavidad: los vientos del país son duros estos años — la situación cambia por meses, varias cancillerías desaconsejan el viaje no esencial, y el viajero prudente consulta las condiciones vigentes con la suya antes de zarpar, y piensa a quién llega su dinero; el efectivo en billetes nuevos sigue siendo rey; la política nunca es una conversación de calle para abrir. La gracia de la ciudad es real, la calidez de su gente es real — y esta página carga su promesa callada: las mañanas mejores merecen viajeros listos para ellas.