Katmandú
Katmandú guarda más arte sagrado por kilómetro cuadrado que casi ningún lugar de la Tierra: siete conjuntos UNESCO en un solo valle, pagodas que le enseñaron su silueta a las de China, una diosa viviente que bendice la ciudad desde una ventana tallada, y sobre todo eso los ojos pintados de Boudhanath — entrecerrados, omnividentes, pacientes. El terremoto de 2015 derribó templos; el valle los volvió a levantar, viga por viga numerada, porque aquí la restauración es culto.
El viajero sensato camina la plaza Durbar temprano, cuando los dioses de la madera reciben sus primeras caléndulas; circunvala Boudhanath al atardecer con los peregrinos, en el sentido del reloj, con las ruedas de oración zumbando; sube los escalones de Swayambhunath entre monos con puesto fijo; cruza a Patan por el patio de artesanos más fino; y trata a Thamel como lo que es — el basecamp con más historias del mundo, donde toda conversación termina en un mapa de sendero.
La honestidad de la Guía: el polvo del valle es real — una mascarilla plegable es comodidad, no exceso —; en Pashupatinath los fuegos junto al río son funerales: guarde distancia, guarde silencio, y deje descansar la cámara; el trekking empieza con permisos y un seguro que cubra la altura, y la Guía no negocia ninguno de los dos; y el vuelo «para ver el Everest» entrega exactamente lo que promete — reserve lado izquierdo de ida, derecho de vuelta, y una mañana despejada.