Kaesong
Kaesong fue capital antes de que Seúl fuera aldea: durante casi quinientos años, desde 918, los reyes de Koryŏ gobernaron desde aquí — la dinastía que le dio a Corea su nombre occidental — y le dejaron al pueblo una academia confuciana de 992 con ginkgos más viejos que la mayoría de los países, un puente de piedra donde un ministro leal fue asesinado en 1392 y donde, dicen, la mancha nunca se lavó, una puerta de 1394, las tumbas gemelas de un rey y su reina mongola en una colina de las afueras, y el mejor ginseng de la península, cultivado bajo telas de sombra en los campos de alrededor. Es el pueblo más al norte de la imaginación del Sur y el más al sur del mapa del Norte: a ocho kilómetros corre la línea.
Esta postal está escrita con la honestidad de la casa y todo su amor: el país admite visitantes solo en grupos guiados por el Estado, con itinerarios fijos, cuando los admite — y el presente ha cerrado incluso esa puerta angosta para casi todo el mundo. La Guía no manda viajeros a donde no pueden elegir su propia calle para caminar. Así que aconsejamos lo que aconsejamos para cada puerto detrás del mal tiempo: paciencia, y la curiosidad guardada tibia — lea las historias del Koryŏ, aprenda de dónde salió el celadón, deje que la imaginación guarde el asiento.
La honestidad de la Guía, que aquí también es un voto: esta página espera con las lámparas encendidas. Si un día las puertas se abren lo bastante para que un viajero deambule — para sentarse en el patio del hotel folclórico, para caminar los viejos callejones de techos de teja hasta la puerta, para pararse en el puente y mirar la piedra —, las puertas de abajo se llenarán como todas las demás. Hasta entonces la postal queda en pie: la carta de un puerto que la Guía mantiene en el mapa, porque quitar ciudades del mapa jamás ayudó a su gente.