Sigiriya
Sigiriya es una roca que un rey volvió ciudad: en 477 Kasyapa, que había matado a su padre y temía a su hermano, mudó su corte de Anuradhapura a la cima de un tapón de granito de doscientos metros en medio de la selva y construyó ahí, en dieciocho años, un palacio con piscinas, un muro-espejo pulido para verse caminar, una galería de doncellas pintadas saliendo de las nubes, una escalera que entraba a la roca por la boca de un león — las patas son lo que queda —, y, al pie, un jardín de fosos y piscinas simétricas cuyas fuentes, alimentadas por gravedad, todavía saltan con las lluvias quince siglos después. Vino el hermano; el rey perdió; los monjes recuperaron la roca; y la selva se quedó con el resto hasta que el siglo XIX la volvió a encontrar.
El viajero llega a las siete, cuando abre la puerta, y camina el eje: por los jardines de agua mientras la luz es plana, hacia los jardines de las rocas donde las cuevas de los monjes tienen líneas de goteo talladas sobre las puertas, subiendo las terrazas hasta los frescos y el muro-espejo con sus grafitis de mil años en alabanza de las damas, hasta las patas del león y la última escalera a la cima, donde las piscinas siguen llenas y la llanura es toda cielo; baja antes del calor, y, por la tarde, maneja a Dambulla por las cinco cuevas de budas pintados; y, a las cinco, sube a Pidurangala, la roca de enfrente cruzando los árboles, por el atardecer que tiene a Sigiriya adentro.
La honestidad de la Guía: Sigiriya es el sitio más visitado del país y su boleto es el más caro del país — vaya a la apertura o a las cuatro para tener la cima sin fila, y compre también el boleto del museo, que explica el agua —; la subida son mil doscientos escalones en escaleras de hierro atornilladas a la roca — no para el vértigo, y no bajo el sol del mediodía —; las avispas del acantilado son reales y los carteles que piden silencio son por ellas; los frescos no se pueden fotografiar y los guardas lo dicen en serio; los elefantes del bosque de alrededor cruzan las carreteras al atardecer — maneje despacio, y quédese en el carro —; y Pidurangala es el mejor atardecer y el boleto más barato, cosa que los locales le dirán con una sonrisa.