Asjabad
Asjabad es la capital más extraña que la Guía haya cartografiado: una ciudad de mármol blanco — más que en ningún lugar de la Tierra, el récord está certificado — alzándose entre el Karakum de arenas negras y las montañas del Kopet Dag, con estatuas doradas, fuentes sincronizadas en un desierto, y avenidas que brillan y hacen eco. Es sincera en su extrañeza: reconstruida tras un terremoto terrible en 1948, la ciudad eligió el esplendor como respuesta, y lo pule a diario.
El viajero que va — casi siempre con visado guiado, operador con licencia y carta de invitación — ve el mármol al atardecer cuando se vuelve rosa, caza guls de alfombra en el bazar Altyn Asyr donde el arte nacional se vende por metro cuadrado, camina el barro parto de la vieja Nisa donde esta tierra fue reino dos mil años antes del mármol, y toma la gran excursión al norte: Darvaza, el cráter del Karakum que arde desde 1971, una fogata del tamaño de una plaza bajo todas las estrellas que posee el desierto.
La honestidad de la Guía, con suavidad: las puertas de Turkmenistán son las más angostas de la región — los visados de tránsito y de tour cambian por temporada, y el viajero prudente confirma condiciones con un operador con licencia y con su propia cancillería antes de zarpar; fotografiar edificios oficiales está restringido: pregunte antes de encuadrar; y el silencio de las calles es real, como lo es la cortesía de la gente que uno encuentra en ellas. La Guía mantiene este extraño puerto blanco en el mapa, y su página lista.