El Cráter de Darvaza
Darvaza es un hueco en el desierto que lleva medio siglo en llamas: en 1971, cuenta la historia, geólogos soviéticos perforando en busca de gas en el Karakum rompieron hacia una caverna, la torre se cayó adentro, y alguien encendió la fuga para quemarla en unas semanas — y setenta metros de cráter arden desde entonces, una fogata del tamaño de una plaza en medio de la arena más negra de Asia, naranja toda la noche bajo todas las estrellas que tiene el desierto. Otros dos cráteres, uno de agua y otro de barro burbujeante, están a pocos kilómetros, primos más callados; una aldea de camelleros queda a cien kilómetros carretera abajo; y la carretera misma, de Ashgabat a Dashoguz, es una línea a través de trescientos kilómetros de dunas.
El viajero que va — casi siempre con visa guiada, con un operador con licencia y una carta de invitación, desde Ashgabat — sale de la capital por la tarde, ve los cráteres de agua y de barro de camino, y llega a Darvaza al atardecer, cuando el resplandor empieza a mostrarse; duerme en un campamento de yurtas en el borde, come lo que el conductor cocina en un fuego más chico, y camina hasta el borde tantas veces como la noche permita, porque el cráter es distinto a cada hora y el calor en la cara es real; y, al alba, lo ve pálido y humeante, y entiende por primera vez el tamaño del desierto de alrededor.
La honestidad de la Guía, con suavidad: las puertas de Turkmenistán son las más angostas de la región — las visas de tránsito y de tour cambian por temporada, y el viajero prudente confirma las condiciones con un operador con licencia y con su propia cancillería antes de zarpar —; el país ha dicho que quiere apagar el fuego, y se reporta que las llamas han menguado en los últimos años — pregúntele a su operador qué arde esta temporada antes de cruzar el desierto por ello —; la fotografía de lo oficial está restringida: pregunte antes de encuadrar; el cráter no tiene baranda y el borde es arena — manténgase atrás, y a los niños cerca —; y el silencio en las calles de la capital es real, como lo es la cortesía de la gente que encuentra en ellas. La Guía mantiene este puerto extraño y brillante en el mapa, y su página lista.