Samarcanda
Samarcanda ya era vieja cuando Alejandro la tomó, ya era leyenda cuando pasó Marco Polo, y ya era azul cuando el resto de las ciudades del mundo descubrió el color: Timur la hizo su capital y la azulejó en lapislázuli y turquesa hasta que las cúpulas igualaron el cielo que interrumpen. El Registán — tres madrasas mirando una plaza en simetría perfecta y paciente — sigue siendo lo que ha sido por seis siglos: el salón de clases más hermoso que la humanidad haya construido.
El viajero sensato se para en el Registán dos veces: a la apertura por el detalle del azulejo — incluidos los famosos tigres transgresores del Sher-Dor —, y al atardecer, cuando las fachadas se vuelven brasa y los vencejos toman el mando; sube despacio la avenida de mausoleos de Shah-i-Zinda, como merece su nombre — «el rey viviente» —; visita el observatorio de Ulugbek, donde un príncipe timúrida midió las estrellas cuatro siglos antes de los telescopios; y come plov donde lo comen las fiestas de boda: al mediodía, con té verde y sin prisa.
La honestidad de la Guía: Samarcanda es una ciudad viva que lleva sus monumentos con ligereza — dé un paso detrás del Registán y estará en el Uzbekistán corriente y excelente: hornos de pan, dientes de oro, fotógrafos de bodas —; el plov es plato de mediodía y las mejores ollas se vacían a las dos; los dólares y euros se cambian fácil, pero solo en billetes nuevos; y los trenes desde Taskent son rápidos, baratos y civilizados — resérvelos como un local, con unos días.