Nasáu
Nassau es la sala de recibo del Caribe: arcadas pastel y persianas de celosía por Bay Street, un mercado de paja que ha equipado cinco generaciones de sombreros, y un aire que huele de verdad a torta de ron en las horas de horno. Cruzando dos puentes cortos espera su hermana ostentosa, Paradise Island — pero el alma se queda de este lado, donde los tambores del Junkanoo se sueldan y se emplumen en los patios todo el año para dos amaneceres explosivos.
El viajero sensato hace el casco a pie antes de que los cruceros se vacíen: el regateo del mercado de paja, la Escalera de la Reina tallada a mano en la caliza, la vista del puerto desde el fuerte Fincastle. El almuerzo es caracol — cracked, o en ensalada con limón — en el fish fry de Arawak Cay, donde la ciudad entera come los domingos. Después el agua: Junkanoo Beach si hay pereza, un ferry a los cayos si hay juicio.
La honestidad de la Guía: cuando atracan tres barcos, el centro al mediodía es un río de escarapelas — haga su Nassau antes de las once o después de las cuatro —; Atlantis es una elección, no las islas: su acuario es genuinamente grande, su casino es un casino; y el mejor azul está a un bote corto: presupueste el paseo antes que el souvenir.