Paradise Island
Paradise Island fue Hog Island hasta 1959, una franja de arena y matorral al otro lado del puerto de Nassau donde se criaban los cerdos; entonces un heredero de supermercados la compró, la rebautizó, plantó por si acaso un claustro francés del siglo catorce en una loma, y nació la dirección más famosa de las Bahamas. Dos puentes la atan a la capital; sobre ella se paran el largo arco blanco de Cabbage Beach, un campo de golf, el lujo más callado de las islas y, desde 1998, Atlantis — las torres rosadas, los acuarios, las lagunas y toboganes de un resort tan grande que cuenta como destino por sí solo.
El viajero cruza el puente y elige el Paraíso del día: Cabbage Beach entera por la mañana, antes de que lleguen los pases de un día; los hábitats marinos de Atlantis, que guardan más vida de mar que la mayoría de los acuarios, en una tarde de lluvia o de curiosidad; el Claustro y los jardines de Versalles al atardecer, cuando las piedras que el dinero de Huntington Hartford trajo de Francia miran el puerto de Nassau; un kayak por las lagunas; y, siempre, la caminata de vuelta por el puente hasta Nassau misma — por el mercado de paja, la fritura de pescado de Arawak Cay y, el 26 de diciembre y el Año Nuevo, los tambores del Junkanoo.
La honestidad de la Guía: Paradise Island es una isla de resort y cobra como tal — el pase de un día a Atlantis es caro y vale la pena exactamente una vez, y la cena es más barata del lado de Nassau del puente —; la playa es pública por ley y concurrida junto a los hoteles, más callada en su extremo oriental; los huracanes son un hecho de junio a noviembre, y las islas reconstruyen con práctica; el taxi acuático desde el malecón de Nassau es un cruce más grato que el taxi; y las Bahamas son setecientas islas, de las cuales esta es la más construida y la menos típica — una buena primera página, no el libro entero.