Cayo Ambergris
Cayo Ambergris es una astilla de cuarenta kilómetros de arena y mangle donde Belice guarda su vida de playa, a un kilómetro del arrecife de barrera más largo del hemisferio norte: el coral corre a lo largo de toda la isla como una segunda costa sumergida, y el mar de en medio es una laguna poco profunda y clara como el vidrio. San Pedro, el único pueblo, funciona con carritos de golf sobre calles de arena, con langosta en temporada y ron al atardecer, y con los taxis acuáticos y las avionetas que lo atan a tierra firme; una canción pop lo volvió 'La Isla Bonita' en los ochenta, y desde entonces le hace honor al nombre con amabilidad.
El viajero bucea o hace esnórquel cada mañana que puede — la reserva marina de Hol Chan por los cañones de coral y Shark Ray Alley por los tiburones nodriza y las rayas que se acercan a la lancha —; toma la excursión de un día al Gran Agujero Azul y al arrecife Lighthouse, en bote o, mejor, en la avioneta que muestra el círculo perfecto del agujero; va en carrito de golf al norte hasta Secret Beach, del lado calmo de la laguna; desayuna fry jacks y cena pargo a la parrilla; salta a Cayo Caulker, el vecino más pequeño y más lento; y deja las tardes a las hamacas y las noches a los muelles de San Pedro.
La honestidad de la Guía: el arrecife es la razón de venir y es frágil — crema apta para arrecife, no tocar, y operadores que fondean en boyas lo mantienen vivo —; la isla no es barata para la medida centroamericana, y los precios suben hacia los resorts del norte; el sargazo llega algunos veranos y vacía las playas del este por semanas; el sol sobre el agua es más fiero de lo que la brisa admite; y la verdadera moneda de Belice es la mezcla — inglés hablado, dólares fijos, mesas mayas, criollas, garífunas y mestizas compartiendo la misma calle.