Trinidad
Trinidad es una fortuna azucarera que detuvo sus relojes hacia 1850 y nunca volvió a darles cuerda: la tercera villa que los españoles fundaron en Cuba, en 1514, se enriqueció con los ingenios del Valle de los Ingenios, levantó palacios alrededor de su Plaza Mayor en amarillo, azul y rosa, empedró sus calles con adoquines redondos llamados chinas pelonas — y entonces el azúcar se fue al oeste, el ferrocarril pasó de largo, y la villa quedó demasiado pobre para modernizarse y demasiado orgullosa para caerse. La UNESCO la listó con su valle en 1988. Es el conjunto colonial más completo del Caribe, y está habitado, no curado.
El viajero camina la Plaza Mayor y sube a la torre del Palacio Cantero por la vista de techos de teja contra el Escambray; visita los salones de época del Museo Romántico; se sienta, cada noche, en la escalinata junto a la Casa de la Música, donde toca una banda y la villa entera baila hasta que se acaban los mojitos; toma un taxi o el tren viejo hasta el Valle de los Ingenios y sube la torre de Manaca Iznaga, desde la que los mayorales vigilaban a los cortadores esclavizados; nada en Playa Ancón; y, con un día más, sube a Topes de Collantes por el café, las cascadas y el fresco.
La honestidad de la Guía: duerma en casa particular — los anfitriones son aquí los mejores guías y cocineros del país —; traiga efectivo y paciencia, porque las tarjetas fallan y las filas se forman, y la situación de la moneda confunde a propósito, así que pregunte en su casa, no en la calle; los apagones y la escasez son parte del presente, llevados con gracia por gente que merece algo mejor; los adoquines son encantadores y tuercen tobillos, así que use zapatos de verdad; y Trinidad es una villa viva de sesenta mil personas, no un decorado — curiosidad sí, espectáculo no.