Portsmouth
Portsmouth es la segunda villa de Dominica y su puerta más callada: una curva de casas sobre la bahía de Prince Rupert en el noroeste, donde el río Indian se desliza fuera del bosque bajo un techo de mangles y raíces de sangre de drago, y donde las dos colinas de la península de los Cabrits guardan Fort Shirley, la guarnición británica de los años 1770 que un historiador dominiqués y una generación de voluntarios volvieron a sacar de la selva. La isla se llama a sí misma la Isla de la Naturaleza y lo dice en serio — aquí baja al mar el sendero nacional Waitukubuli, el más largo del Caribe, y aquí viven todo el año los cachalotes, a pocos kilómetros de la costa.
Al viajero lo llevan a remo por el río Indian — los motores están prohibidos — con un guía que nombra cada garza y señala la choza construida para una bruja del mar en una película de piratas; sube a los Cabrits hasta los cuarteles y baterías restaurados del fuerte y la vista sobre la bahía; hace esnórquel en las caletas calmas de Toucari y nada en la playa brava de Batibou; camina un tramo del sendero nacional hacia el bosque; y, en un bote fuera de la bahía, espera con el hidrófono el clic de los cachalotes que hacen de Dominica el lugar más seguro de la Tierra para encontrarlos.
La honestidad de la Guía: Dominica no es una isla de playa y no finge serlo — sus tesoros son verdes, mojados y cuesta arriba, y los zapatos que agarran importan más que las sandalias —; el país reconstruyó con temple después del huracán María en 2017, y la bienvenida es proporcional; la carretera desde Roseau es lenta y bella; los boteros del río tienen licencia y precio fijo, así que elija por simpatía, no por regateo; y las salidas de ballenas dependen del humor del mar — vaya con el día libre y las expectativas honestas.