San Salvador
San Salvador vive en un cuenco de fuego verde: una capital anillada de volcanes, con el suyo propio — el Boquerón — abriendo un cráter perfecto a veinte minutos del centro. Durante años practicó ser evitada; ahora practica ser visitada, y el aprendizaje se ve por todas partes: el centro histórico renacido alrededor del Palacio y de una iglesia brutalista que derrama arcoíris, los mercados nocturnos humeando, la costa de surf a cuarenta minutos cuesta abajo.
El viajero sensato empieza por el centro histórico: el Palacio Nacional, la cripta de Óscar Romero bajo la catedral, y El Rosario — concreto por fuera, una cascada de luz de colores por dentro, la iglesia más sorprendente de la región. Después, arriba al Boquerón para la caminata del cráter y un café de altura; y cualquier tarde, una banca de pupusería: queso con loroco, curtido encima, honestidad por plato.
La honestidad de la Guía: el país reescribió su historia de seguridad y las calles lo muestran — aun así, viaje con información fresca, como en todo lugar joven en su calma —; la pupusa es comida de dos manos y universidad de un dólar; y el mar está absurdamente cerca: si la ola llama, El Tunco contesta antes del atardecer.