Roatán
Roatán es una isla larga y verde a sesenta kilómetros de Honduras, la mayor de las Islas de la Bahía, con el arrecife mesoamericano — la segunda barrera de coral más larga de la Tierra — a diez minutos de su costa norte: la pared cae cerca, el coral está sano, y el precio de aprender a bucear aquí ha sido, para una generación de viajeros, el más amable del Caribe. Los isleños hablan un inglés que llegó con colonos caimaneses y piratas, los garífunas de Punta Gorda guardan sus tambores desde 1797, y West End tiene las escuelas de buceo mientras West Bay tiene la arena.
El viajero bucea o hace esnórquel cada día que el mar lo permite — la pared frente a West End, los naufragios, los jardines someros de West Bay donde el arrecife empieza en la playa —; toma la certificación si nunca la tuvo, en cuatro días de agua tibia; camina West Bay al atardecer; come baleadas en un comedor de carretera y pez león, el invasor, donde lo sirvan; visita Punta Gorda por el pueblo garífuna y su punta de tambores; mira las iguanas y los loros en los santuarios; y, con un día de lancha, va a Cayos Cochinos, los cayos pequeños con el agua más clara de Honduras.
La honestidad de la Guía: los cruceros tocan Coxen Hole y Mahogany Bay varios días a la semana y llenan West Bay al mediodía — revise el calendario del puerto y bucee esas mañanas —; los jejenes al atardecer son la única plaga de la isla, y el repelente es la cura; la fama de peligro de tierra firme nunca describió a la isla, donde el cuidado normal alcanza; el arrecife necesita crema apta y lanchas fondeadas en boyas; y los precios han subido con la fama de la isla, aunque los cursos de buceo siguen siendo la ganga honesta de la región.