Managua
Managua es la capital que perdió su centro — el terremoto del 72 se lo llevó en una noche — y decidió vivir sin uno, creciendo hacia los lados junto al lago, en rotondas, centros comerciales y palos de mango. Al viajero le resulta extraña, y lo es: una ciudad de rutas más que de caminatas, donde las direcciones se dan desde donde los edificios solían estar. Y sin embargo enmarca el gran lago del país, y los volcanes se turnan en su horizonte.
El viajero sensato le da un día curioso: el cascarón sin techo de la Catedral Vieja, de pie como monumento a sí misma; el malecón del lago con el Momotombo posando en la otra orilla; el mercado Roberto Huembes para el comercio real y la cocina real. Después, la jugada managüense de verdad: el volcán Masaya de noche, a veinte minutos, para asomarse a un cráter y ver la lava brillar como la puerta del horno del planeta.
La honestidad de la Guía: esta es una ciudad sin centro caminable — planee destinos, no paseos, y muévase en ruedas entre ellos —; la política aquí corre caliente y no es conversación que al viajero le toque abrir; y Managua es la bisagra, no el premio: las arcadas de Granada, los murales de León y las lagunas de cráter esperan a noventa minutos.