Nicosia
Nicosia es la última capital dividida de Europa, y lleva el dato con más paciencia que amargura: un círculo veneciano perfecto de murallas — once bastiones, dibujados como un copo de nieve de piedra — con una línea de barriles y silencio corriendo por el medio. A un lado, café griego y campanas; al otro, café turco y el llamado a la oración; en ambos, las mismas callejuelas, los limoneros, y las abuelas que los riegan.
El viajero sensato camina el corazón entero en un día: las callejuelas restauradas de Laiki Geitonia y el Museo de Chipre en el sur, luego el cruce de la calle Ledra con pasaporte — cien metros que toman un minuto y explican cincuenta años —, y en el norte el patio del Büyük Han y los huesos góticos de la Selimiye vistiendo minaretes. El café en ambos lados es obligatorio: es el mismo café, todos lo saben, y nadie lo dice.
La honestidad de la Guía: el cruce es rutinario — lleve el pasaporte, mire los horarios, no fotografíe ni soldados ni la zona muerta —; el verano hornea este cuenco interior más duro que cualquier costa: camine las murallas a las ocho; y la división de la ciudad es historia viva, no una oportunidad de foto — crúcela con el respeto de un huésped en una casa donde la discusión es vieja y la mesa sigue puesta para todos.