La Provenza
La Provenza es el país que inventó la luz: una cuña de Francia entre el Ródano y los Alpes donde el mistral friega el cielo, las cigarras marcan el tempo, y cada colina tiene encima un pueblo de piedra ocre. Aviñón guardó a los papas casi un siglo y todavía guarda su palacio; Aix guarda la montaña de Cézanne al final de su bulevar de plátanos; el Luberon guarda a Gordes, Roussillon y Bonnieux en sus perchas; la meseta de Valensole guarda la lavanda en surcos que se ponen morados tres semanas al año; y la provincia entera guarda el ritual del mediodía: un mercado, un pastis y un almuerzo largo bajo los árboles.
El viajero hace base e irradia: Aviñón por el Palacio de los Papas y el puente que se detiene a la mitad; Aix por el Cours Mirabeau, los mercados y el taller de Cézanne; el Luberon en carro, pueblo por pueblo, con parada en cada mirador; Valensole a comienzos de julio por la lavanda al alba, antes de los buses; las gargantas del Verdon en kayak sobre agua turquesa; Arlés por la arena romana y la luz de Van Gogh, y la Camarga más allá por caballos blancos, toros negros y flamencos; y, una tarde, las calanques entre Marsella y Cassis por el mar.
La honestidad de la Guía: la Provenza en julio y agosto es hermosa y está llena — reserve camas y mesas temprano, maneje al alba, y ame los pueblos antes de las diez o después de las cinco —; el calendario de la lavanda es corto y lo mueve el clima, y los campos son fincas, no parques, así que camine sus bordes; el carro es casi imprescindible y el estacionamiento en los pueblos de colina es una negociación diaria; el mistral puede soplar tres días y cancelar un picnic; y el pastis es más fuerte de lo que sugiere el sol, y por eso el almuerzo es largo.