Reikiavik
Reikiavik es la capital más boreal del mundo y posiblemente su paradoja más acogedora: un pueblo pesquero que lee más libros, escribe más música y toma más café por cabeza que ciudades veinte veces mayores, calentado desde abajo por la misma plomería volcánica que de vez en cuando reorganiza el país. Casas de lámina en colores de crayón miran una bahía donde las ballenas van al trabajo.
El viajero sensato la camina en una tarde y la quiere por días: las columnas de basalto en concreto de Hallgrímskirkja y la vista desde su torre, el vidrio de panal de Harpa en el puerto, las tiendas de discos y suéteres de lana de Laugavegur, y — lo más islandés de todo — las piscinas geotermales de barrio, donde la ciudad entera discute política en agua tibia sin importar el aguanieve.
La honestidad de la Guía: los precios son nórdicos con recargo volcánico — el puesto de perros calientes y la sopa en pan son comidas honorables —; la aurora obedece pronósticos, no itinerarios: dele tres noches y expectativas bajas; y la ciudad es la recepción amable del país: registre su llegada como es debido, y después tome la carretera del anillo.