Dublín
Dublín produjo cuatro premios Nobel de literatura y trata el dato con naturalidad, como otras ciudades tratan el buen clima. Puertas georgianas en colores desafiantes bordean las plazas, el Liffey divide la ciudad en mitades amablemente enemistadas, y el pub — la institución real, no la exportación — sigue siendo la sala de la nación: la conversación primero, la música cuando surge, y una pinta de stout servida en dos actos con una pausa que ambas partes respetan.
El viajero sensato ve el Libro de Kells temprano en Trinity y se queda por el Long Room, una biblioteca que vuelve lectores a los ateos; camina Grafton Street hasta St. Stephen's Green; y aprende la diferencia entre Temple Bar — la postal — y un rincón local en Portobello o Stoneybatter, donde la segunda pinta llega con su nombre en la conversación. Phoenix Park, dos veces Central Park, mantiene ciervos de verdad.
La honestidad de la Guía: la pinta tarda lo que tarda — interrumpir el asentamiento lo marca más hondo que cualquier acento —; los precios de Temple Bar son entradas de teatro: disfrute la función una vez, beba en otra parte después; y el pronóstico del clima es un tablero de humores: cargue la capa, espere el arcoíris.