Prizren
Prizren es el corazón otomano de Kosovo: una ciudad pequeña de puentes de piedra sobre un río frío de montaña, minaretes y campanarios en el mismo horizonte, una plaza llamada Shadervan alrededor de una fuente donde el pueblo entero toma su café, y, en la colina sobre todo eso, la Kalaja, una fortaleza que vigila los techos desde los bizantinos y ahora mira el atardecer con todos los que subieron por él. La mezquita de Sinan Pachá, de 1615, es la de las fotografías; la Casa de la Liga de Prizren es donde, en 1878, la nación albanesa se discutió por primera vez hasta existir; y la iglesia de la Virgen de Ljeviš, de 1307, guarda sus frescos bajo el cuidado de la UNESCO. Detrás del pueblo se levantan los montes Šar, con las pistas de esquí de Prevalla treinta kilómetros carretera arriba.
El viajero cruza el Puente de Piedra y se sienta primero en Shadervan, porque eso es lo que hace el pueblo; ve la mezquita y el hammam y la casa de la Liga; sube a la Kalaja una hora antes del atardecer por el sendero de la iglesia del Salvador, y se queda hasta que los muecines y las campanas hayan dicho lo suyo; camina Marash bajo los plátanos junto al río; compra filigrana de plata, el viejo oficio del pueblo, en un taller y no en un puesto; y, a comienzos de agosto, ve un documental en una pantalla colgada sobre el río en Dokufest, el festival que puso a la ciudad en otra clase de mapa.
La honestidad de la Guía: Prizren es segura, barata, acogedora y se camina fácil en un día, aunque una noche es más amable — la tarde junto al río es el punto —; Kosovo usa el euro y, para la mayoría de los pasaportes, no pide visa, pero revise las reglas de entrada si también va a cruzar a Serbia, que no reconoce los sellos kosovares; el sendero de la fortaleza es empinado y sin luz — suba de día y baje con linterna —; el café es turco y largo, y el raki llega sin que lo pidan; y el pueblo ha conocido años duros y no necesita que se los reciten — tome el atardecer, tome el café, y deje que Prizren hable primero.