Riga
Riga posee la colección más densa de art nouveau del mundo, y sus fachadas lo saben: un tercio del centro guiña, gesticula y florece sobre las cabezas — máscaras que gritan, pavorreales, esfinges — construido en una década vertiginosa cuando el dinero del puerto corrió salvaje. Abajo, un casco hanseático de adoquines y casas gremiales; al lado, cinco hangares de zepelín aterrizaron tras la primera guerra y se volvieron el mercado que alimenta a la nación.
El viajero sensato camina Alberta iela despacio y dos veces — una por los edificios, otra por los detalles —, sube la torre de San Pedro para el panorama del Daugava, y come a través de los hangares del Mercado Central: anguila ahumada, centeno con ajo, espino amarillo en todo. La noche es de los sótanos del casco y de una copa cautelosa de Bálsamo Negro, el reto nacional amargo.
La honestidad de la Guía: mire arriba pero deje de caminar primero — los adoquines y las fachadas compiten por usted —; la nave de pescados del mercado premia al dedo que señala sobre el menú; y la playa pálida de Jūrmala queda a cuarenta minutos de tren local: en verano, la capital simplemente se muda allá los fines de semana. Sígala.