Mónaco-Ville
Mónaco-Ville es el Peñón: un promontorio de caliza a sesenta metros sobre el mar donde los Grimaldi tienen su palacio desde 1297, y alrededor la ciudad vieja de un país de dos kilómetros cuadrados — callejones pastel, una catedral neorrománica donde Grace Kelly yace entre los príncipes, el Museo Oceanográfico que el príncipe Alberto I construyó y Cousteau dirigió, colgado del acantilado, y los jardines de Saint-Martin a lo largo del borde. Abajo, de un lado, está Port Hercule y sus yates, donde el Gran Premio toma su curva famosa; al otro lado del puerto, Montecarlo y el casino; del otro lado, Fontvieille, un barrio construido sobre el mar porque no quedaba tierra.
El viajero sube la Rampe Major desde el mercado de la Condamine a las once y media para llegar a la plaza del palacio al cambio de guardia de las doce menos cinco — una ceremonia pequeña, puntual y enteramente seria, con banda —; camina los callejones hasta la catedral y la tumba; pasa la tarde en los acuarios del Museo Oceanográfico y en su terraza; se sienta en los jardines de Saint-Martin sobre el mar; baja al puerto a contar los yates y caminar la curva; y cruza a Montecarlo por un vistazo a la fachada del casino y, si va vestido para eso, a sus salones — el país entero se camina en un día, y sus ascensores y escaleras mecánicas son públicos.
La honestidad de la Guía: Mónaco es muy caro y muy pequeño, y el Peñón es la parte que no cuesta nada disfrutar — la guardia, los callejones, los jardines, la vista —; el cambio de guardia junta gente y la plaza no es grande, así que llegue a las once y media; el museo vale su boleto; el casino tiene código de vestir y entrada y es más un monumento que un pasatiempo para la mayoría; el tren desde Niza tarda veinte minutos y es la forma de venir; y la pulcritud, la riqueza y la policía del país están a plena vista y son parte del retrato.