Montecarlo
Montecarlo es una plaza de casino donde las fortunas cambian de zapatos, envuelta en un principado más pequeño que el Central Park que apila más riqueza registrada por metro que ningún lugar de la Tierra. Cúpulas Belle Époque, un puerto de yates competitivos, y una vez al año todo el paraíso fiscal se vuelve un circuito cuyas curvas cada aficionado sabe de memoria. Es absurdo, y está absurdamente bien administrado.
El viajero sensato mira el ballet del casino a las diez — superdeportivos entregando esperanzados sin tenis permitidos —, sube al Peñón para el cambio de guardia del palacio y los callejones honestos del casco, y se toma en serio el Museo Oceanográfico: lo dirigió Cousteau, y el edificio colgado del acantilado supera a casi cualquier acuario. El atardecer es del puerto, donde los marineros pulen bronces en los que uno podría afeitarse.
La honestidad de la Guía: entrar a los salones delanteros del Casino cuesta admisión y camisa con cuello — el atrio es gratis, y el mito es la fachada de todos modos —; el café cuesta tarifa de Riviera pero la vista va incluida: pague una vez, siéntese largo; y Niza queda a veinte minutos de tren: dormir allá no es derrota, es aritmética.